Recientemente en la prensa Española se han publicado alrededor de una decena de artículos relacionados con la posibilidad de extraer gas en nuestro país a través de la técnica de fracturación hidráulica. Debido a estos artículos de prensa, se ha creado cierta oposición en algunos sectores de la opinión pública llegando incluso a su intento de prohibición por parte de los Gobiernos de Castilla y León y Cantabria (Abril de 2013), y al apoyo incondicional por parte de los Gobiernos del País Vasco (2011) y Central (2013). Este último ha expresado en el mes de Junio de 2013 la intención de legislar rápidamente con motivo de impulsar la producción de gas natural en España. Como ni unos ni otros parecen comprender completamente la realidad de una situación que todavía está en sus inicios, el objetivo de este artículo es aportar un poco de claridad en lo que el “shale gas” implica en los Estados Unidos y lo que podría suponer para España en caso de que se llegase a desarrollar esta actividad industrial.

El origen

Las “shales”, que dan nombre al “shale gas” y “shale oil”, no son en la terminología Geológica Española más que lutitas o arcillas, es decir, un tipo de roca sedimentaria que, si se dan las condiciones necesarias (alta concentración de materia orgánica y la preservación adecuada) y a lo largo de millones de años, dan lugar a concentraciones considerables de hidrocarburos. Tradicionalmente, el único interés que despertaron en la industria petrolera global es por la simple razón de que constituyen el origen del petróleo y el gas natural. Éstos se “cuecen” –por decirlo de manera sencilla- en estas zonas profundas arcillosas y carbonatadas y después, cuando han alcanzado la maduración suficiente y una menor densidad, ascienden por el efecto de la gravedad hacia la superficie, de forma natural. En determinados casos, quedan atrapados en estructuras geológicas más someras, que finalmente constituyen los objetivos tradicionales de exploración de las empresas petroleras. Sin embargo, a finales de los años 90, en Estados Unidos, un puñado de emprendedores y pequeñas empresas independientes empezaron a pensar en explotar estos yacimientos, tecnológicamente complejos para aquel momento. Fue Mitchell Energy, una pequeña empresa basada en Houston, Texas, la que con empeño y perseverancia, dio con la clave: combinar dos técnicas ya conocidas en el momento, la perforación horizontal a grandes profundidades y la fracturación hidráulica, para desarrollar el yacimiento de Barnett, en Fort Worth, Texas.

Es importante conocer, para despejar toda duda al respecto, que si bien la perforación horizontal -tal y como se entiende hoy en día- es una técnica más o menos reciente (a partir de los años 90), la fracturación hidráulica no lo es. La primera operación de fractura hidráulica la llevó a cabo Stanolind (Amoco) allá por 1947, y desde ese momento, se han realizado en el mundo millones de tratamientos de fracturación en pozos petrolíferos. En 1991, una encuesta realizada por el Instituto Francés del Petróleo (IFP) destacó que un 71% del total de pozos de petróleo y gas en el mundo utilizaban tratamientos de estimulación con fracturación hidráulica. Hoy en día, en los Estados Unidos, prácticamente el 100% de los pozos reciben este tratamiento. Los tratamientos hidráulicos no solo incrementan los caudales de producción sino también aumentan las reservas por pozo, y son responsables del incremento de las reservas mundiales en miles de millones de barriles de crudo y billones de metros cúbicos de gas, que de otro modo no se producirían de forma económica. Es decir, para manifestarlo de una manera más clara, actualmente la fractura hidráulica es absolutamente necesaria para la producción de hidrocarburos en la mayoría de los yacimientos.

Entonces, ¿que ha supuesto la producción de “shale gas” y “shale oil” en los Estados Unidos? Como se puede apreciar en la figura 1 que acompaña al texto, la producción de petróleo en ese país llego a un máximo alrededor de 1970, y a partir de ahí comenzó a declinar, aunque no siendo hasta 1994 cuando el total de importaciones superó a la producción nacional. Esta misma tendencia se observó en la producción de gas. Entre los años 2000 a 2007, Estados Unidos fue un país netamente importador de crudo, y en camino de convertirse en el primer importador de gas natural licuado del momento. Con ese objetivo, se construyeron costosísimas terminales de regasificación de gas en el Golfo de Méjico así como sistemas de oleoductos para importar petróleo desde Canadá y Alaska. Sin embargo, el Gobierno Estadounidense había estado apoyando, especialmente desde la década de los 90, el desarrollo de tecnologías avanzadas en los llamados recursos no convencionales a través de reducción de impuestos e incentivos fiscales a las pequeñas empresas. Los incentivos, junto con el esfuerzo empresarial, consiguieron determinar la rentabilidad en la producción de metano procedente del carbón (CBM, Coal-Bed-Methane) en Colorado y Nuevo Méjico. Sin embargo, no es hasta 2007 cuando la situación cambia drásticamente, y se empieza a advertir un aumento significativo de los volúmenes de gas procedentes de “shales” que entran al sistema de distribución. La aplicación de las dos tecnologías mencionadas anteriormente junto con los incentivos gubernamentales dio finalmente sus frutos a partir de ese año. Desde 2007, la producción de recursos no convencionales no ha hecho más que crecer en Estados Unidos, y en 2009 la prensa se hizo eco del éxito y lo denominó como “Shale Gas Revolution”. En 2010, el gas procedente de las “shales” ya alcanzaba el 20% de la producción total de EEUU y, a finales de 2012, el 35%. El EIA (Energy Information Administration), organismo Gubernamental responsable de la energía en EEUU, prevé actualmente que la producción de este recurso supere el 50% de toda la producción nacional de gas hacia 2020. Sin embargo, fuera de estas cifras, ¿qué ha supuesto realmente en términos económicos y sociales para un país como Estados Unidos esta “revolución”?

Las consecuencias

Aunque los efectos de una actividad industrial específica son difíciles de medir en cuanto a su influencia en los parámetros macroeconómicos, hay una serie de determinados resultados en distintos ámbitos que sí se pueden atribuir a la producción de estos recursos.

En primer lugar, el cambio en la tendencia de producción de hidrocarburos; Se han abandonado los proyectos de importación de GNL (Gas Natural Licuado), y se están modificando las plantas de regasificación para adaptarlas a la exportación, lo cual da una idea de la magnitud del cambio. Estados Unidos es ahora plenamente independiente en sus necesidades de gas natural, y va en camino de autoabastecerse también en petróleo. Entre los años 2011 a 2013, la misma tendencia que ocurrió con el gas transformó el sector de la producción de líquidos. Al aumentar tan significativamente la producción de gas, los precios por metro cúbico se desplomaron a menos de 2 dólares por millón de pie cúbico, lo que creó graves problemas financieros para aquellas empresas que tenían un porcentaje elevado de sus inversiones en el gas. Como consecuencia, algunas de estas empresas comenzaron a explorar la producción de “shale oil” –líquidos-, y es cuando se descubrió el gran potencial de las reservas en el estado de Dakota del Norte, así como de otros yacimientos a lo largo y ancho del país (Eagle Ford, Marcellus, Bakken, Barnett, etc). En Dakota del Norte, el petróleo resulta ser además muy ligero -parecido al petróleo Saudita-,  aunque todavía está por resolver el transporte de este crudo tan preciado a las refinerías de la costa del Golfo de Méjico –que por otra parte, no están adaptadas al refino de líquidos de baja viscosidad API–.

En términos económicos, la revolución del gas y del petróleo no convencional está suponiendo una enorme ventaja competitiva para los Estados Unidos. El país es autosuficiente en gas, y está reduciendo su dependencia en petróleo a pasos agigantados (en 2012, redujo sus importaciones en más de 1 millón de barriles de petróleo al día). La existencia de gas natural barato (entre 3 y 3.5 dólares el millón de pies cúbicos), a diferencia de Europa (entre 11 y 13 dólares) y Japón (entre 16 y 17 dólares), ofrece una ventaja competitiva para todas aquellas industrias que utilizan el gas natural como fuente energética (la industria de generación de energía eléctrica o la siderurgia, por ejemplo) o como parte de su recurso primario (la industria química o la farmacéutica). Algunas empresas Americanas que en el pasado externalizaron parte de su producción a países con mano de obra más barata han declarado sus intenciones de trasladar sus plantas químicas de nuevo a EEUU, ya que la ventaja de tener una fuente de energía primaria a precios tan bajos supera con creces los mayores costes en mano de obra. Asimismo, la generación de electricidad en plantas de gas de ciclo combinado está resultando mucho más económica que en el pasado, lo que ha llevado a un número significativo de empresas de generación de electricidad a desplazarse del carbón al gas natural. Este último hecho es revelador; en 2013, el volumen de exportación de carbón desde EEUU a Europa ha crecido de manera radical. ¿Y ello qué supone para los dos países? Que Europa está aumentando su consumo de carbón para la producción de electricidad mientras que EEUU está disminuyendo su uso, al mismo tiempo que incrementa la generación con gas, mucho más limpia y emisora de menos gases de efecto invernadero.

En cuanto a la creación de empleo, diversos estudios calculan que se han creado entre 500.000 y 1 millón de empleos directos relacionados con la extracción de hidrocarburos en EEUU. Es posible que el número de empleos indirectos sea mayor; sin embargo, el cálculo del número de empleos indirectos relacionados con una actividad industrial específica es complejo y no se han publicado datos fidedignos, aunque el mero hecho de aumentar significativamente la actividad industrial hace pensar en que los datos son considerables. Echando un vistazo a la fotografía del estado de Texas desde el espacio, uno puede darse cuenta de las dimensiones del cambio que se está viviendo en EEUU. En esa imagen, las luces provenientes de la actividad de perforación en el yacimiento de Eagle Ford son comparables a la actividad de las ciudades de Austin o San Antonio.

Los inconvenientes

Además de las consecuencias positivas, es importante tener en cuenta algunos de los inconvenientes asociados a la extracción de estos recursos. Como toda actividad industrial, no está libre de riesgos.

La principal oposición a la extracción de los recursos no convencionales ha estado focalizada en la posible contaminación de los acuíferos de agua potable, y la técnica de fracturación hidráulica se ha asociado con esta posibilidad. Sin embargo, se ha obviado que el principal riesgo de contaminación de acuíferos superficiales (hasta 300-500 metros) no proviene de la fracturación de la roca a miles de metros de profundidad y con cientos o miles de metros de roca impermeable de por medio, sino de la protección que se le da a los pozos a nivel superficial a través de tuberías de acero cementadas. Se ha demostrado que en la mayoría de los casos en los que ha habido contaminación en pozos de hidrocarburos ésta no procede de los tratamientos de fracturación, sino de pozos antiguos que no han sido sellados con los estándares actuales o en los que no se han seguido las precauciones necesarias. Si se siguen los estándares de aislamiento del API (American Petroleum Institute), el sello está prácticamente garantizado.

Otro de los inconvenientes es el uso del agua para las operaciones de perforación y completación de los pozos petroleros. Una sola operación de fracturación hidráulica puede consumir entre 1 y 3 millones de galones de agua dulce. En un país como España en el que la escasez de agua es un problema en algunas áreas, este es en realidad el tema más crucial. Sin embargo, estudios recientes en Colorado y Pensilvania demuestran que la cantidad de agua total que se usa en estas operaciones, aun en zonas de mucha actividad en las que se perforan cientos de pozos nuevos al año, ésta no supera el 5% del agua disponible, en comparación con el 50-60% que consume el sector agrícola. En algunos estados de Estados Unidos se ha regulado este tema de manera que las compañías puedan extraer agua de determinados cauces siempre y cuando el caudal supere el caudal mínimo de estabilidad que garantiza la no afectación a la estabilidad biológica del ecosistema ni causa problemas a otros usuarios del agua. Otros estados han optado por vender a las compañías caudales específicos de las aguas municipales, de modo que, siempre y cuando se llegue a un acuerdo, el municipio obtiene un beneficio de este uso.

Un tercer punto de interés es la posible contaminación en superficie, que puede darse en forma de escapes procedentes de cisternas, camiones y depósitos en mal estado o también en forma de ruido e incremento de tráfico de vehículos en zonas usualmente  rurales. Es posible la solución a todos estos problemas, limitando las horas en que camiones de grandes volúmenes pueden circular, estableciendo sanciones estrictas para los que incumplan los estándares de seguridad, y en general, regulando la actividad para hacerla compatible con el resto de actividades económicas.

¿Por qué Estados Unidos?

Las razones por las que esta revolución energética ha comenzado en los Estados Unidos son complejas, pero pueden ser sintetizadas en unos pocos datos clave:

  • La tecnología de extracción se creó y desarrollo en EEUU. Sin las perforaciones horizontales y la fracturación hidráulica, nada de esto sería posible.
  • La existencia de una red de empresas de servicios con la capacidad y la tecnología suficiente, que además logra reducir los costes de perforación considerablemente.
  •  El estatus de la propiedad de los derechos mineros y las compensaciones a los dueños de las tierras. Los dueños de los terrenos tienen derecho a un porcentaje -usualmente cercano al 15%- de los beneficios de la explotación de hidrocarburos, lo cual incrementa considerablemente la aceptación de la población a la actividad industrial.
  • La existencia de una legislación ambiental con ánimo de generar un balance entre el desarrollo económico y la protección ambiental. Estados Unidos, con 50 Estados y 50 legislaciones ambientales diferentes, posee todo tipo de normas al respecto, desde las más restrictivas (el Estado de Nueva York) a las más permisivas (Texas), no obstante la legislación de los estados que más se benefician de la producción de hidrocarburos (Colorado, Dakota del Norte, Pensilvania, excluyendo Texas) tiende hacia lograr el balance adecuado entre la protección del medioambiente y el desarrollo económico.
  • La publicación de normas que obligan a las compañías a proteger y a mantener la transparencia respecto de la utilización de los recursos hídricos, el procesamiento de residuos o la utilización de productos químicos. La web de transparencia en los químicos (fracfocus.org), obligatoria en algunos Estados, es un ejemplo de ese esfuerzo.
  • La existencia de numerosas compañías pequeñas y medianas que han tomado la iniciativa en cuanto a la exploración y explotación de estos recursos.
  • La existencia de iniciativas legislativas (el “Tax Credit #23”, por ejemplo) que apoyan fiscalmente al desarrollo de los recursos no convencionales, así de cómo a las pequeñas y medianas empresas, que generan más empleo y de mayor calidad que las multinacionales.
  • La división de los permisos de exploración y explotación en parcelas ajustadas, lo cual intensifica el aprovechamiento de los hidrocarburos e incrementa la competitividad entre las empresas, evitando favorecer únicamente a las grandes multinacionales.

¿Que podría significar para España?

España, un país en plena crisis, con un nivel de desempleo alarmante, y muy poca actividad industrial, podría ver emerger una actividad económica que contribuyese al resurgir de la industria en nuestro país. Actualmente, España importa el 98% de los hidrocarburos que necesita, y es el mayor importador de Gas Natural Licuado (GNL) de Europa. Si analizamos la demanda final de energía en España (fuente: SEE, Secretaria de Estado de Energía. La energía en España 2010), se puede observar que los hidrocarburos suman un 74% de toda la energía final usada en el país. Asimismo (fuente: SEE), podemos observar que, sin embargo, sólo un 0.4% del petróleo y un 0.2% del gas consumido se producen en territorio nacional, de modo que el país importa prácticamente el 73.4% de toda la energía final consumida. Ese hecho ha llevado a los distintos responsables en materia de energía a tratar de asegurar la oferta de energía lo más diversificada posible a lo largo de los años, y de hecho se ha conseguido con relativo éxito. La procedencia de las importaciones está liderada por Argelia, Nigeria, Catar y Trinidad y Tobago. Del mismo modo, si observamos la cantidad de gas natural empleado en generación eléctrica por cogeneración, nos damos cuenta de que el país está importando gas en volúmenes cada vez mayores, para abastecer a las nuevas plantas de cogeneración de energía y abastecer la demanda.

Con un rápido vistazo a estos datos es fácil comprender el beneficio de un hipotético incremento de la producción nacional de hidrocarburos. Más impuestos, menos importación, creación de empleo, reducción de los precios del gas y mejora en la seguridad del abastecimiento de energía para el país son solo algunas de las posibilidades. Sin embargo, el camino a seguir no es fácil; la oposición mediática es elevada y los cambios en la legislación no son sencillos. Se necesita incentivar a las pequeñas empresas de recursos energéticos y a los que arriesguen su capital, encontrar modos de acelerar la transferencia de tecnología desde los a España, promover cambios en la ley para conseguir que los propietarios de los terrenos y los vecinos afectados compartan los beneficios del desarrollo, la adaptación de la legislación medioambiental, y otras modificaciones de la regulación actual.

Sin embargo, la empresa merece la pena. España no se puede quedar estancada discutiendo si que hacer sin siquiera darle la oportunidad a esta industria emergente mientras que países como Argentina, Brasil, China o Reino Unido toman la iniciativa en el desarrollo económico de sus recursos energéticos no convencionales. Hace falta la creación de un tejido industrial y energético potente y basado en la innovación, competitividad y flexibilidad. La producción de hidrocarburos es una actividad que ha traído riqueza y crecimiento en los países desarrollados que han sabido manejarla y guardarla para el futuro, y es posible alcanzar un nivel de equilibrio entre el desarrollo de la actividad industrial y la protección del medio ambiente.