Francisco J. Rodríguez Jiménez.

George Washington University.

Casi tan viejo como la humanidad es que los políticos miren hacia el exterior cuando las cosas van mal en casa. Sea en búsqueda de enemigos,  de causas para justificar los problemas internos o a veces de soluciones, lo cierto es que suele ser un movimiento habitual.

Es lo que se comenta ahora del intento de la presidenta argentina, Cristina Fernández, de reabrir el tema de las Malvinas. Hace unas semanas tenía lugar otro episodio de esa vieja práctica, entonces en Rusia. Ya desde bastante antes que tuvieran lugar los comicios electorales el pasado cuatro de marzo, la maquinaria del partido de Vladimir Putin, Rusia Unida, comenzó a airear en los medios afines las supuestas maniobras exteriores e interferencias exteriores en los asuntos internos rusos.

Como cualquier tipo de propaganda, tales acusaciones de intervencionismo, ya sea vía “Imperialismo americano” o “Tentáculos europeos”, tienen si acaso una pizca de verdad, aderezada con mucho de  exageración. Es innegable que Estados Unidos y la Unión Europea llevan tiempo ayudando a grupos pro-democracia rusos que luchan contra el círculo vicioso de autoritarismo, corrupción y falta de trasparencia. Cuando de la mano de Gorbachov y su Perestroika se subía el Telón de Acero, comenzaron a llegar expertos y observadores extranjeros para intentar vehicular los intentos locales de democratización.

Ahora bien, de ahí a inferir, como ha hecho el presidente Putin, que toda la oposición no es sino una marioneta de “poderes externos” va  un gran trecho. Desde que se produjese la descomposición del rompecabezas de repúblicas soviéticas, el objetivo de Occidente ha sido mantener la estabilidad geopolítica en la zona y evitar que el potencial armamentístico y nuclear de la vieja Unión Soviética acabase en manos de terroristas. Pero los esfuerzos por animar a los disidentes del Putismo han sido bastante tímidos y discontinuos. La Unión Europea se ha achantado en no pocas ocasiones antes las bravuconerías de Moscú. Baste recordar cómo hace unos años una parte de la Europa oriental se helaba literalmente de frío cuando el presidente ruso decía cerrar el grifo del suministro de gas.

Es evidente que a Vladimir Putin le interesa esa estrategia de exageración de los peligros exteriores. De ese modo, su discurso de “ellos o nosotros” cobra fuerza. Y en consecuencia puede autoproclamarse como el  salvador de la Madre Patria en peligro. Algo parecido a lo que hacía nuestro Caudillo, Centinela de Occidente, al denunciar la supuesta Conjura Judeo Masónica Internacional contra España. Pero a diferencia de Franco, Putin sí tiene un “poderoso enemigo venido del exterior”, real como la vida misma, aunque bastante escurridizo y casi intangible: internet.

No sabemos si con ayuda exterior o no, lo cierto es que los activistas pro-democracia rusos han podido airear los trapos sucios del fraude electoral. Mediante la instalación de cámaras de vídeos en las cabinas de voto, el mundo entero ha sido testigo de cómo algunos funcionarios electorales manipulaban las urnas para favorecer al antiguo agente del KGB. A continuación, los videos fueron colgados en YOUTUBE ( véase Russia Elections Fraud) Y parece que no fue ninguna coincidencia que poco después se produjesen masivas manifestaciones pro-democráticas en las principales ciudades del país, no tanto en las pequeñas o en los pueblos.

En este último punto reside una de las claves para entender la durabilidad y el poder alcanzado por Vladimir Putin. Mientras que las clases medias-altas de los núcleos urbanos han empezado hace tiempo a desertar del partido en el poder, las más humildes de los ámbitos rurales siguen siendo más fieles a la autocracia de Putin. Las primeras apenas beben de las fuentes manipuladas de la televisión estatal, prefiriendo internet o medios internacionales, mientras que las segundas apenas acceden a otras vías de información que no sea la televisión.

Tras el colapso de la Unión Soviética en 1991, en Occidente se pecó de optimismo. Se pensaba que la democracia se extendería sin problemas por los antiguos dominios del PCUS. Sin embargo, y con excepción de las tres repúblicas bálticas, la construcción de la democracia ha sido mucho más dificultosa de lo que se esperaba. Conviene recordar –con la euforia del triunfo frente al comunismo y la veneración del liberalismo económico a ultranza se suele olvidar– que la democracia no se construye, como si fuese un puente, una escuela o un estadio de fútbol, de un año para otro, a veces puede tardarse decenios o incluso siglos. No basta con tener recursos económicos, es necesario que se den unos mínimos de libertad de expresión y trasparencia en las administraciones.

Para muchos analistas, Putin ha entrado ya en el principio del fin de su carrera política. Según un artículo publicado en The Economist las elecciones del pasado cuatro de marzo marcarán un antes y un después en ese sentido. Pero dada la enorme extensión del país, las voces de cambio tardarán en sentirse en las zonas alejadas de las grandes ciudades. Queda por ver si Occidente ayudará a que se produzca esa evolución democrática de manera firme –no como hasta ahora– o mirará para otro lado, ante la amenaza de nuevos cierres del grifo del gas ruso.