No es muy agradable encontrarse perdido en medio de una ciudad. Y menos, claro, cuando te parece que llegas tarde a una cita importante. Pero perderse en Estados Unidos tiene sus ventajas. La mayoría de sus urbes se organiza siguiendo un simple sistema alfanumérico.

Superado el primer obstáculo, y ya en las puertas del restaurante Marrakesh de Washington, vino el segundo. No hay nadie aquí -me dije- Todo cerrado. ¿Habré llegado tarde?   El reloj marcaba menos cuarto. Es lo que tiene pensar que no llegarás a tiempo: a veces llegas con bastante antelación. Pulso el timbrecillo. Tras la puerta, un hilillo de voz femenina me animaba a entrar. Lo tenue de la luz interior y las velas que derramaban fragancias orientales me produjeron una grata sorpresa.

Atracción por lo desconocido que no hizo sino aumentar cuando una dama, ataviada con yihab y un sinfín de alhajas con motivos arabescos, me invitó a acompañarla por el laberinto de pasillos en los que se dividía aquel sitio. Mientras observaba las fotos de personalidades colgadas en los muros -la mayoría de presidentes de países musulmanes- la música de fondo me hizo viajar, con la velocidad frenética del recuerdo, a las callejuelas del Gran Estambul

Después de las miradas infructuosas en busca de algún conocido, y de comprobar mi nombre en la lista de invitados, marché hasta el final del amplio salón, repleto de caligrafías y símbolos del Corán, donde me tocaba sentarme. A mi derecha estaba un greco-chipriota, a la suya, una sueco-finlandesa; justo en frente mío una albanesa, a su lado derecho una americana; a mi izquierda un japonés y la de éste, una americana. Un panel bastante completito de razas, culturas y distintos walk of life. ¡Estupendo! -me dije-

La música cambia bruscamente de tono, sorprendiéndonos. Desfile de camareros, como salidos de Las 1000 y una noche, con sus barbas y su paso marcial, en una escenografía bien trabajada. Nos ofrecen unas toallitas y agua para que purifiquemos nuestras manos, antes de que comience la cena.

El primer plato vino en una bandeja plateada, enorme, para compartir. Pasado un rato, cada cual mira donde puede, busca algo que no necesita en el bolso o la chaqueta. ¿Dónde están los cubiertos? Es lo que todos nos preguntamos y nade quiere preguntar. En éstas, llega una chica, muy maja, de la organización: “Hay que comer con las manos” “No es una orden, es más bien una costumbre…” -dice en tono amistoso, y sonriendo ampliamente.

Esto promete, me digo un par de veces. ¡Y no ha hecho más que empezar! Queda el segundo, el postre, y la charla sobre la misión humanitaria de grupos de civiles estadounidenses destinados en Afganistán…

To be continued…

Francisco Javier Rodríguez Jiménez

Washington, D.C. 21 octubre 2010