Kathy Thompson habla con ímpetu. Sus manos baten el aire, aquí y allá, acompañando sus palabras. A diferencia de lo que suele ser norma en la Vieja Europa, los americanos prefieren el discurso dinámico, de pie y moviéndose de un lado al otro.

Describe los pormenores de lo que fue su día a día en Afganistán ayudando en la reconstrucción. Pero no para, una fuerza interior, probablemente la de la ilusión del trabajo cumplido, la empuja. Avanza sutilmente, adentrándose entre las mesas de la cena de becarios Fulbright. Unos la miran y siguen con atención, enganchados a su relato. Otros, en general los más alejados, la escuchamos, pero sin perder oportunidad de apurar, con fruición, lo que queda del delicioso postre árabe de pistachos que nos sirvieron.

Quizá Kathy, como el resto de 200.000 voluntarios estadounidenses que  -desde marzo de 1961 y hasta la actualizad-  han trabajado en misiones de paz en más de 130 países sufre un cierto complejo de Edipo. Ama la parte amable, femenina, humanitaria de su patria, pero discute continuamente con la otra cara de Estados Unidos, la varonil y guerrera.

Apenas mes y medio después de su llegada la Casa Blanca, el presidente americano con más aurea de legenda, John F. Kennedy, firmaba una Executive Order que daba carta de naturaleza a los Peace Corps. Desde entonces, estos modernos misioneros de buena voluntad han pateado los cuatro confines. Su objetivo: ofrecer ayuda técnica y educativa, generalmente a poblaciones golpeados por guerras o hambrunas. No sólo eso. Su bandera es asimismo hacer más comprensible los Estados Unidos al resto de ciudadanos del planeta, y hacer que los estadounidenses comprendan mejor al resto de pueblos.

Titánica tarea, sin duda. Más, claro, cuando la madre Venus estadounidense dice y promulga unos principios, y el papa guerrero, Martes, ejecuta otros, bien diferentes. Según el Washington Post del pasado 28 de octubre, el número actual de voluntarios es el mayor de los últimos 40 años.

Según parece, esta tendencia al alza casa con las esperanzas que suscitó el nombramiento de Barack Obama. Sucede que hasta que no haya una mayor sintonía, unidad de acción entre las caras guerrera y humanitaria de Estados Unidos, se necesitarán muchas más Kathys, infinitas Kathys dispuestas a ayudar al prójimo, a romper las barreras culturales que hoy en día separan a estadounidenses y musulmanes. De nada sirven los encantos de Venus si luego llega Martes con la porra.

Francisco Javier Rodriguez Jimenez

Washington, D.C. 2, November 2010

Foto: Javier Mendez Reyes>http://lekio.artelista.com/